Cap. VII
Pasaba un cuarto de las dos de la madrugada cuando salieron del pub. El golpe de frío que sintieron en sus caras les despejó un poco. Irene estrechó el cuerpo de Andrés contra el suyo, para poder sentir mejor su calor.
Tere y Jorge les seguían de cerca. Estaban muy acaramelados y felices, pues, si todo seguía por el buen camino como hasta ahora, habrían desempeñado su papel de casamenteros a la perfección.
Andrés giró levemente la cara hacía la mejilla de Irene y le dió un beso. Separaron sus cabezas y se miraron a los ojos. Andrés pudo ver en el azul del iris de Irene, su felicidad reflejada. Volvieron a juntarse; ninguna palabra salió de sus bocas.
Continuaron caminando. Un par de manzanas hacia arriba, después a la izquierda; cuidado con el borracho, debemos de andar cerca; mira esos skins… no, no, mejor no les mires; la siguiente a la derecha y ahora en línea recta; ya casi estamos, se puede escuchar la música…
Irene y Andrés se detuvieron, se separaron y se pusieron a la cola que había para entrar, seguidos por Jorge y Tere.
Los cuatro se miraban entre sí, los unos a los otros, y todos sonreían.
Tras esperar un poco, apoquinar el precio de la entrada y dejar que les sellasen la mano derecha, entraron al local.
El calorcito que hacía dentro se agradecía después de haber estado un rato fuera, en la calle. A pesar de todo, el calor no era tan intenso como lo había llegado a ser en el pub de donde venían. La verdad es que, en aquel sitio, se estaba realmente de coña.
Fueron al guardarropa a dejar las chaquetas. Por el camino, entre empujones, pudieron comprobar que había un ambiente genial en aquel sitio. Los altavoces tronaban a toda hostia y los decibelios hacían que los tímpanos vibrasen al máximo; ¡dentro de unos años todos sordos!
– ¡Ei! -gritó Irene a Tere al oído- ¡Vamos a hacer que tiemble la pista!
– ¡Cómo quieras corasssón! -le respondió esta, sonriendo.
Y acto seguido, cada una pilló por el brazo a su respectiva pareja y se los llevaron al centro de la pista, que estaba a reventar.
Empezaron a pegar botes como locos, contoneando las caderas sin parar. Las chicas no hacían más que llamar la atención de todos los tíos buitres de la zona, pero ellas se cuidaban muy bien de que no les pusiesen las manos encima.
A Andrés casi se le salían los ojos de las órbitas al ver a la escultural Irene en movimiento. Sobre todo cuando comenzaban a botar, pues, ejem… ejem…, digamos que ciertas partes de su anatomía llevaban un cierto desfase en el espacio-tiempo, constante, con relación al resto del cuerpo.
Claro, que también hay que decir que Irene no perdía tampoco el tiempo, pues aprovechaba cualquier ocasión para meterle mano al trasero de Andrés, del que se había encaprichado con locura.
Tere y Jorge iban a su bola. Y la verdad es que en cuanto se cansaron de dar botes, se arrambaron el uno al otro y ya no se soltaron en un buen rato, como si de dos lapas bailando se tratara.
Y así estuvieron: Andrés ensimismado con Irene, Irene loca por Andrés, y Jorge y Tere integrados en un solo cuerpo, hasta que no pudieron más, de tan bien que se lo pasaban.
Así que se alejaron del barullo y se sentaron en un rincón.
Desde allí pudieron observar como, justo donde habían estado hacía un momento, comenzaban a pelearse una panda de melenudos con otra de rapados. Por suerte los gorilas actuaron a tiempo y los echaron fuera, para que se matasen, si querían, pero fuera, sin molestar a los de dentro.
– Menos mal que no estábamos ya entre esa chusma, pues no sé lo que hubiese pasado si te hubiesen puesto la mano encima… -dijo Andrés a Irene.
– ¿Te hubieras peleado por mí? -le preguntó esta.
– Por supuesto. -respondió y esperó alguna reacción en la cara de ella- ¿A caso piensas que no debería de ser así? ¿Preferirías que me hiciese el longuis y desapareciese?
– No, ¡qué va!, hubiese sido todo un detallazo. Me encantan los hombres fuertes, que defienden a sus chicas cueste lo que cueste…
– Entonces… -Andrés alzó levemente su ceja izquierda- quieres decir que… -la volvió a bajar y mirando a los ojos de Irene preguntó- ¿te consideras ya mi chica?
Ella, primero sonrió. Luego cerró los ojos y agachó la cabeza.
– ¡Mierda! tenía que haber cerrado el pico… -pensó Andrés.
Irene abrió los ojos de nuevo y acercándose a la oreja de Andrés le susurró:
– La verdadera pregunta es… ¿Serás tú capaz de ser mi hombre?
Andrés quedó extasiado totalmente; no reaccionaba; demasiadas emociones en una sola noche…; la muy… ¡se lo había dicho en un tono realmente amenazador!
– ¡A mí con esas! ¡Ufff….! Si es que me estoy poniendo malo… Es ¡demasieeé! -arrasaron los pensamientos por el cerebro de Andrés- La voy, la voy…
Se llevó las manos a la coleta, suspiró hondo y, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de Irene ni un solo instante, la cogió por la nuca y le dijo:
– Si estabas buscando al diablo ya lo puedes dejar… Yo haré que tengas tu infierno particular…
Hola, a muchas gracias por la historia aunque pensaba que duraria un poco mas, de todas maneras gracias por ponerla