A CIEGAS

Cap. VI

Hacía calor dentro del pub. El ambiente estaba cargado y el humo de los cigarros hacía llorar hasta al más duro de los allí presentes. Aun así, los cuatro se sentaron en una mesa, que a pesar de estar repleta de jarras de cerveza, estaba vacía.
Jorge se sentó junto a Tere y esta, no dudó en acurrucarse sobre él.
Irene y Andrés se sentaron el uno frente al otro. De esta forma, parecía que ellos presidiesen la mesa…

– Bueno, -dijo Andrés- id pensando qué vais a tomar, que invito yo.
– Vaya, vaya, me empieza a gustar esto de que vengáis con nosotros -replicó Jorge, de forma guasona.

Tere le arreó un collejón y dijo:

– Venga hombre, siempre haciéndote el rata… ¡uff! ¡Qué rabia me da!

Y claro está, nadie pudo contener la risa.
En esto que llegó el camarero:

– Decidme.
– Bueno, pues… -comenzó Irene, que desde que habían entrado en el pub no había abierto la boca- a mí me traes una jarra de cerveza.
– Y a mí otra. -le siguió Tere.
– Que sean tres -dijo Andrés.
– Cuatro. -acabó Jorge. A lo que todos reaccionaron dirigiendo una mirada penetrante hacia él.
– Bueno, bueno, si cuela pues cuela, ¿no?
– ¿Qué es lo que pasa? -preguntó el camarero.
– Nada, nada, que es que yo soy el que conduce… Así que mejor tráigame un Trinaranjus de pera. -contestó Jorge, mientras se le iban subiendo los colores.
– Okey -dijo el camarero- 3 birras y un trina de pera. ¡Marchando!

Tere le dió un tierno beso en los labios a Jorge y sentenció con voz un tanto orgullosa:

– Así me gusta, que mi niño sea fuerte y resista la tentación del alcohol…

Con lo que a Jorge le desapareció la vergüenza de la cara.

– Y así, ¿al final a dónde iremos? -inquirió Irene.
– Pues casi que lo podríamos hacer a votaciones. -repuso Tere.
– De acuerdo. -dijeron los chicos al unísono.
– ¿Quién quiere menear el cuerpo con música máquina? -propuso Tere, que también fue la única en levantar la mano.
– ¡Pues vaya éxito! -se quejó, mirando a Jorge a la cara.
– Y… ¿quién quiere escuchar rock, grunge o lo que le echen? -dijo Irene.

Esta vez ella y Andrés fueron los que levantaron la mano.

– ¡Pelota! -acusó Tere a Andrés. A lo que Irene respondió con una sonrisa que llenó de alegría a Andrés.
– Y tú, Jorge, ¿cómo es que te abstienes? -le preguntó Andrés.
– Pues porque a mí me da lo mismo. Y además, si salía algo que yo no quisiese, pues con no llevaros… -contestó y comenzó a reír.

Cuando se le pasó la risa tonta a Jorge, se dió cuenta de que el camarero ya había traído las bebidas.

– Bueno. Total, que iremos al sitio este que hay aquí al lado, ¿no? -concluyó Jorge.
– Sí. -respondió el resto.
– Pues bueno. Como no voy a tener que conducir más y para cuando queramos volver -y miró a Irene y Andrés con cara esperanzadora- ya se me habrá pasado la mona… ahora os invitaré yo a sangría en la próxima ronda.

Y acto seguido se bebió el trinaranjus de un solo trago. Respiró hondo y continuó, mirando a Tere:

– Lo siento nena, ¡la carne es débil! Y hoy me apetece ‘pillarla’ gorda.

Todos rieron y se apuraron para acabar sus bebidas.
Jorge llamó al camarero y pidió un par de jarras de sangría.

El calor comenzó a causar estragos entre el grupo y las cervezas también tuvieron algo que ver.
Los chicos comenzaron a desabotonar sus camisas, con lo que aliviaron parte de su calor, pero las chicas, estoicas, parecía que iban a aguantar hasta que saliesen de allí.
Tras la primera ronda de sangría, la cosa se fue animando y la conversación fue subiendo de tono.
De tanto en tanto, Andrés notaba que la pierna de Irene rozaba la suya, pero él dudaba sobre cómo debía de interpretar aquel gesto, pues se podía tratar únicamente de una casualidad.

Fueron las chicas las que invitaron después. También fue a sangría, que por lo visto les había gustado a todos.
Por aquel entonces, entre el ambiente del lugar y el puntillo que empezaban a tener todos encima, el calor que hacía era importante. Seguramente fue por eso que, tanto Tere como Irene, decidieron quitarse sus respectivas chaquetas.
Jorge aprovechó el momento para abalanzarse sobre su novia y darle un morreo que la dejo prácticamente KO.
Pero lo que fue realmente impactante, fue ver emerger las curvas de Irene de debajo de aquella cazadora negra. Fue tal la impresión que causó sobre Andrés, que este quedó literalmente hipnotizado. Irene, que se dio cuenta del embelesamiento de este, le cogió las manos, se acercó hacia él, puso sus piernas en contacto con las de él y le dijo:

– ¿Sabes Andrés? Me parece que voy a pasar una noche magnífica… Pues para empezar, creo que he conocido al hombre de mis sueños…

Andrés, al oír aquello recuperó el sentido y, cayéndosele aun la baba, sólo pudo articular:

– ¡Uh! ¡Uh! ¡Uh!

Irene acarició sus manos y Andrés notó al instante como los pelos se le ponían de punta y… bueno, ¡no fue lo único!…
Entonces contestó:

– Irene, yo no sé cómo va a acabar esta noche, pero si todo sale como espero, creo que Miguel o Sandra serían unos nombres apropiados.

A lo que Jorge y Tere, que andaban con la parabólica puesta, no pudieron aguantar las risas, que, debido a la sangría, se prolongaron durante un buen rato. Y más aun cuando Irene dijo:

– Lo siento…, pero no lo he pillado…

Con lo que las risas prosiguieron y Andrés se unió a ellos. Además, Irene, que en un principio se comenzó a reír también por lo contagiosas que eran las risas del resto, cuando captó la indirecta se puso roja de vergüenza y se rieron todos aun más.
Entonces Irene y Andrés comenzaron a tontear pegándose pataditas. Pero la cosa fue yendo a más, pues las patadas cada vez eran más fuertes por parte de Irene, que daba así la impresión de haber pasado el límite del ‘punto’ con la sangría; hasta que Andrés decidió imponerse. Le detuvo las piernas con las suyas, se cambió de silla y, cogiéndole con una mano por la cintura y con otra por detrás de la nuca, la inclinó y le dio un beso en la boca de cuento de hadas.
Al principio, el sabor de la cerveza y la sangría que habían bebido, tanto el uno como el otro, se fundió en sus bocas.
Pero más tarde fueron sus salivas las que, al unirse, crearon un néctar exquisito que inundó sus paladares.
Mientras, sus lenguas no dejaban de juguetear la una con la otra. Y al mismo tiempo, sus cuerpos iban tomando posiciones: Irene se levantó un poco de la silla, lo suficiente para que Andrés pudiese cogerla y colocarla sobre sus rodillas. Daba la impresión de que fuese un movimiento ensayado, pues estaban altamente compenetrados…
Sus cuerpos estaban hechos el uno para el otro, aquella era una cosa que podían notar en sus almas…
Entonces empezó a ‘faltarles el aire’ y, poco a poco, sus bocas se separaron.
La gente de las mesas cercanas aplaudía… y Jorge y Tere cronometraron:

– ¡Guau! ¡5:38! Buena marca para ser el primero. -dijo Jorge.

A lo que Irene y Andrés sólo pudieron responder con un suspiro y unas caras visiblemente coloreadas.

– Bueno, ya son las 2 pasadas, será cuestión de ir moviendo el culo, ¿no? -propuso Tere.

Así que se levantaron todos de la mesa y enfilaron hacia la puerta.
Las chicas se pusieron las chaquetas mientras los chicos se abrochaban las camisas.
Andrés e Irene pasaron delante, con los brazos entrecruzados, cada uno con la mano en la cintura del otro y las cabezas apoyadas, una junto a la otra.
Fue entonces cuando Jorge aprovechó para decir a Tere:

– Me parece que hemos formado una pareja perfecta. ¿A que sí?
– Sí, mi cielo, creo que estos dos van a tener para rato.

Un comentario sobre “A CIEGAS”

  1. Hola, a muchas gracias por la historia aunque pensaba que duraria un poco mas, de todas maneras gracias por ponerla

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