A CIEGAS

Cap. IV

Después de comer se cepilló los dientes. Tras enjuagarse la boca, dejó el cepillo en el armario y se volvió a mirar en el espejo. Con la mano derecha se apartó el flequillo de la cara. Pero al ver que el mechón volvía nuevamente a su sitio, es decir, a incordiarle de nuevo, optó por mojarse ambas manos y pasarlas sobre su cabeza.
Una vez todo en orden fue a su habitación y se cambió de ropa. Se puso la de deporte y, como cada sábado por la tarde, salió a correr.
Le gustaba hacerlo en el parque central. Más que nada, porque allí era donde se reunían todas las chicas guapas del barrio para hacer ejercicio. Chicas guapas y además con dinero. Y quién sabía, quizás algún día, a base de tanto ir, alguna se encariñaba con él y le solucionaba la vida.
Disfrutaba haciendo deporte, pero de forma tranquila. Se puso el walkman y comenzó a trotar.
De tanto en tanto, al pasar alguna chica “potente”, se detenía para contemplar mejor tanta belleza en movimiento. Y es que ver aquellas carnes, aquellas curvas, dar aquellos botes, aquel sube y baja, no era para menos.

Al atardecer regresó a casa. No es que estuviese especialmente cansado, pero la ducha que se dio, le sentó francamente bien.
Cogió el albornoz, fue hacia su cuarto y se estiró en la cama.
Soñó que era de noche. Estaba en una discoteca pero no había luces. Todo estaba completamente a oscuras, pero en cambio, podía sentir vibrar la música incluso en su piel. Comenzó a correr y notaba, de forma casi real, como iba chocando con la gente. De pronto, se hizo la luz. Una luz blanca, cegadora, que le dejó sin vista durante largo rato. Poco a poco se fue acostumbrando y la luz blanca se convirtió en focos de colores, que iban rotando al son de la música. Entonces pudo ver. Pero lo que vio le asustó en extremo. Un cerdo enorme, sobre dos patas, estaba frente a él. Pero lo curioso es que iba vestido como si de una mujer se tratara, con falda, blusa y demás, a pesar de tener barba y bigote… Entonces, como de la nada, apareció una mujer bellísima, que le cogió de la mano y le llevo hasta una puerta. Al abrirse esta, Andrés despertó.

Habían pasado un par de horas. Decidió que había llegado el momento de la cena y optó por hacerse algo ligerito, pues, la verdad, lo suyo no era cocinar.
Recogió la mesa. Fregó los platos; cosa que sí que hacía con mucho gusto. Y se estiró en el sofá, para poder ver un rato el partido.

Apagó el televisor a eso de las 23:38. Llevaba por lo menos dieciocho minutos de zapping, pues no había en la caja tonta nada que valiese la pena a aquella hora.

Tras unos minutos de silencio y meditación, conectó el equipo de música y puso en marcha el ordenador.
Mientras las ondas sonoras comenzaban a hacer vibrar sus tímpanos, el ordenador terminó su inicialización. Tecleó algunos comandos y una máquina del millón virtual apareció en el monitor. Durante media hora, lo único que se pudo ver en sus marrones pupilas fue una bola imaginaria que rebotaba contra las paredes de un pinball irreal.

Tocadas las doce, cual ceniciento, apagó el ordenador, bajó el volumen del equipo Hi-Fi y se dirigió a su habitación.
Como Jorge no le había dicho a dónde iban a ir, entre otras cosas porque el tampoco se lo había preguntado, decidió que lo mejor sería vestirse de forma poco llamativa, para así poder pasar desapercibido, fuera cual fuese el local elegido.
Así que, para pasar desapercibido por la noche, nada mejor que el negro, pensó. Un color que realmente le gustaba y, además, le sentaba muy bien.
Se quitó el albornoz, que había llevado puesto desde después de la ducha y quedó al descubierto su atlético cuerpo.
Desde los slips a los tejanos, pasando por los calcetines, la camisa y los zapatos, todo lo que se puso encima era de color negro.
Una vez se hubo vestido, fue al baño para poder peinarse. Se engominó la rubia melena y la ató por encima de la nuca en forma de coleta.
Cuando acabó, lo primero que pensó fue:
– Espero que a la bella Irene, no le asusten los vampiros.

Faltaban algunos minutos para la hora convenida, así que preparó su cartera con esmero, cogió las llaves y salió de casa tranquilamente. Descendió andando, por las escaleras. Una vez en la portería, se miró nuevamente en el espejo que allí había. La verdad es que sí que debía de ser su día, pues estaba imponente.
Salió a la calle y decidió esperar los minutos que faltaban apoyado en la pared.

Pasó un grupo de chiquillas por su lado, que no cesaron de silbarle y decirle piropos y otras cosas que no tienen calificativos para poder definirlas, hasta que se encontraron bien lejos.
Eso le alegro aun más, pues pensó:
– Bueno, al menos sé que yo no soy el único a quien le gusto.
Y mientras sonreía apareció el coche de Jorge. Junto a él estaba Tere. Y en la parte de atrás, tras el conductor, se adivinaba una forma humana.

Un comentario sobre “A CIEGAS”

  1. Hola, a muchas gracias por la historia aunque pensaba que duraria un poco mas, de todas maneras gracias por ponerla

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