Cap. II
Las 11:42. Hacía un día espléndido.
– Ring, ring… Ring, ring… -comenzó a sonar el teléfono.
Con toda la pena del alma, pues estaba soñando algo realmente ‘divertido’, a juzgar por como se elevaban las sábanas por debajo de la altura del ombligo…; con toda la pena del alma, alargó el brazo para poder coger el auricular.
– ¿Quién es? -preguntó con una voz realmente cavernosa, que parecía salida del más allá.
– ¡Joder Andrés! ¿Te he despertado verdad? Tienes una voz, que cualquiera diría que acabas de resucitar…
– Ejem, ejem -se aclaró la garganta y dijo de forma seca y ruda- Oye, Jorge, desayuno y ahora te llamo, ¿vale?
– Vale, vale, ¡cómo para decirte que no! Hasta ahora mismo.
– Hasta ahora.
Colgó el auricular y se sentó con las piernas cruzadas sobre la cama. Abrió la persiana, apartó la cortina para ver qué día hacía y, tras la rutinaria comprobación, se quedó mirando fijamente a la blanca pared que tenía en frente. De forma gradual, fue bajando la vista, hasta que esta se detuvo en su entrepierna y entonces exclamó:
– ¡Qué desaprovechada que estás!
Tras una ducha fría, hacer la cama, un desayuno-almuerzo típico de película inglesa y comprar el pan, cogió el teléfono y tecleó uno de los pocos números que había llegado a memorizar en toda su vida.
– ¿Andrés?
– Sí, así me llaman…
– ¡Jo!, pensaba que ya no ibas a telefonear. ¡Ha pasado más de hora y media!
– Bueno, a ver que pasa, uno es lento pero seguro.
– Dejémoslo ahí y vamos a lo que tengo que decirte.
– Pues no te detengas, ¡desembucha!
– Bien, como últimamente te has puesto bastante pesadito con lo de que quieres salir con Tere y conmigo por ahí…
– No, no, yo lo que quiero es salir con alguna amiguita de Tere que esté como ella de ‘rica’.
– ¡Calla coño! ¡Siempre interrumpiendo! Y luego te cabreas cuando la gente te interrumpe a ti…
– I’m zorry -dijo con sorna Andrés.
– Pues eso, que creo que Tere te ha buscado una amiguita suya…
– ¡¿Sí?! ¡¿Sí?! ¡¿Y cómo está?! ¡¿La has visto?! ¡¿Está buena?! ¡¿eh?! ¡¿eh?!
– ¡Hostia puta!, pues sí que estás desesperado…
En ese momento la tez de Andrés comenzó a pasar del blanco habitual a un rojo intenso, con tonos rosados entremedias y una enorme gota de sudor resbaló por su sien derecha.
– ¡Uh! ¡Uh! -fue lo único que alcanzó a responder.
– La verdad es que yo no la conozco. Verás, el otro día estaba yo comentándole a Tere lo de tus ganas de salir por ahí con nosotros, cuando, de pronto, ella pensó en esa amiga suya; Irene me ha dicho que se llama.
– I-r-e-n-e… Suena bien.
– Así que, ¿te apuntas al bombardeo de esta noche?
– ¡Hombre! La verdad es que me lo pones en bandeja. Además, nunca he tenido una cita a ciegas y me pica la curiosidad por ver qué tal son las amigas de Tere.
– Bueno, pues entonces quedamos a eso de las doce y treinta y cinco o, como mucho, a y cuarenta. ¿Vale? Te pasaremos a recoger con el coche a tu puerta, pues nos cae de camino. Y estate preparado, pues Irene ya irá con nosotros en el coche.
– ¡Guay! ¡Guay! Encima de hacernos de celestinas, nos lleváis en vuestro carruaje.
Entonces, de acuerdo, estaré esperando en el portal.
– Hasta la noche.
– Perfecto. Adiós.
Andrés comenzó a pensar que aquel podía ser un gran día. Solo hubo en su cerebro una chispa de duda, de temor, pues podía ser que la tal Irene, resultase ser IRENE [léase con la voz más grave posible], es decir, que la salida resultase un verdadero fiasco.
Pero las ganas de pasarlo bien pudieron más que la desconfianza, porque si ese era su día nada podía salir mal.
Hola, a muchas gracias por la historia aunque pensaba que duraria un poco mas, de todas maneras gracias por ponerla