Cap. II.
«Uno de enero, 2 de febrero, 3 de marzo, 4 de abril,
5 de mayo, 6 de junio, 7 de julio San Fermín,
hasta aquí teníamos que ir,
7 de julio San Fermín»
Son las 5:30 de la mañana. El radio-despertador del vecino al lado acaba de
sonar. ¡Qué mierda! Cada mañana a la misma hora tengo que soportar esa maldita melodía. ¡Joder! ¡Ya no puedo más! ¡Tengo que hacer algo!
Ya son 3 meses los que llevo, día tras día, desvelándome a la misma hora.
Entonces pienso: – Estoy solo. No hay nadie en casa.
Me levanto, ágilmente, voy directo al comedor; no necesito encender ninguna luz, pues conozco perfectamente la posición que ocupan todos los objetos y muebles de la estancia. Me acerco al equipo de música y lo conecto.
Giro sobre mis pies. Tanteo un poco con la colección de CD’s y ¡ya está! ¡lo tengo!
Abro la tapa, saco el CD y lo meto en el equipo. Para darle un poco de emoción pulso la tecla random: ¡a ver que sale!
Con el volumen al máximo incluso se puede escuchar el zumbido del láser al posicionarse sobre el track de la canción que ha de comenzar. ¡Es genial!
Antes de que comience a sonar la música, avanzo sobre la pista, pues así me aseguro de que el escandalo será total.
Y entonces un penetrante alarido se cuela por mis oídos. Un torrente de decibelios patina por mis neuronas. Entro en éxtasi, siento que mi alma abandona mi cuerpo. ¡Estoy teniendo una experiencia mística!
«Staaaay, staaay awaaaay, staaay awaaaaaaay, staaaay awaaaaaay!!!!!»