PARANOIA

Cap. III.

Hablamos con susurros; no es cuestión de llamar al mal tiempo.
Tiene el pelo más negro que he visto en toda mi vida.

– ¿Cómo te llamas?

Mis ojos se han adaptado tan bien a la oscuridad que incluso puedo distinguir los colores con claridad. ¡De puta madre!

– Crack… ¿qué hay de ti?

– Paranoia… no te rías, ¡eh!…

Pero cómo quieres que me ría, ricura, con ese par de mares que tienes por ojos, que son de un azul tan intenso que me están helando el alma.
No puedo apartar la vista de ellos, creo que me voy a quedar así para siempre… Debo decir algo o sospechará…

– Y ¿por qué me voy a reír? Ahora todos tenemos nombres extrañísimos, por culpa de las drogas que tomaban nuestros padres. ¿Qué significa el tuyo?

¡Qué boca! ¡Qué labios! Me los comería ahora mismo… cual fresa madura, cual… ¡Argh! Me estoy poniendo malísimo.

– De una enfermedad mental que hacía que tuvieses alucinaciones y demás sobre un tema concreto, pero que respecto a cualquier otra cosa controlases perfectamente.
¿Y el tuyo?

Pero qué bien hablas. Cómo es que no te he conocido antes. Con esa nariz tan perfecta que tienes, que parece decir: ¡Chúpame!

– De una antigua droga que se cobró muchas vidas cuando mi padre era joven.

Y qué orejas, que escuchan atentamente todo lo que digo. Me hacen sentir un ser superior, como si en vez de susurrar estuviese gritando a viva voz: ¡SOY UN DIOS!

– Bueno… y ahora… ahora que sabemos nuestros nombres… acércate… acércate más… pues hace frío… y… y… además podremos hablar sin esforzarnos tanto…

No sé, no sé, no lo veo muy claro. Si me acerco tanto puede que de aquí salgamos tres. Con ese cuerpo, con ese culo, con esas piernas, con esas tetas… esto puede acabar bien…

– Bueno…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.